Costa Rica


Alejado de los conflictos que sacuden a muchos de sus vecinos, Costa Rica es uno de los países centroamericanos que guarda más atractivos para el visitante.
Su capital, San José, ofrece un ambiente tranquilo y múltiples rincones donde perderse e impregnarse del talante reposado de sus habitantes. Desde allí puede emprenderse la exploración de un territorio no más extenso que Aragón pero que encierra una riqueza natural extraordinaria. No en vano el nombre del país viene de la primera impresión que sintió Cristóbal Colón al llegar a sus costas. El 27 % de la superficie nacional está protegida por parques nacionales. En la vertiente del Caribe destaca el parque nacional de Tortuguero. La cordillera central acoge parques como los de Braulio Carrillo o el del Volcán Arenal, situado este último en torno a un volcán que sigue activo. Asimismo, destaca el espectáculo que ofrece el teleférico del Bosque Lluvioso. En el Pacífico, el parque de Corcovado posee una fauna salvaje de gran variedad, que incluye cocodrilos y tiburones de mar, serpientes, y felinos como el jaguar y el ocelote.

El país centroamericano limita al norte con Nicaragua, al este con el mar Caribe, al sur con Panamá y al oeste con el océano Pacífico. Aunque no se trata de un país muy grande (51.100 km2), reúne el 5% de la biodiversidad natural del planeta; de ahí que el 27% de su territorio esté protegido. Costa Rica tiene cuatro millones de habitantes, de los que un millón viven en San José, la capital. Las compañías aéreas aterrizan en el aeropuerto Juan Santamaría, a 17 km de la capital. Desde allí, el mejor transporte para llegar al centro de San José es el taxi -los oficiales del aeropuerto son de color naranja-. Se paga una tasa de aeropuerto al salir del país.

A tener en cuenta
Para viajar a Costa Rica se requiere el pasaporte en vigor. La moneda oficial es el colón de Costa Rica; 1 e equivale a 580 colones. La diferencia horaria con España es de 7 horas menos. El clima de Costa Rica se divide en dos estaciones, la seca y la húmeda. La primera abarca de diciembre a abril, cuando el tiempo es más agradable, pero también hay mayor afluencia de viajeros. La época húmeda se alarga desde mayo a noviembre; es una estación más incómoda para desplazarse por carretera,
a cambio muchos hoteles ofrecen precios muy reducidos.

Moverse por el país
La mayoría de viajeros optan por alquilar un vehículo todoterreno para recorrer libremente todo el país; se puede alquilar en el aeropuerto de San José. La red de autobuses de Costa Rica garantiza alcanza la mayoría del territorio nacional. El centro histórico de San José, aunque pequeño y regular, suele estar congestionado, por lo que es mejor visitarlo a pie y dejar el taxi y el autobús para las zonas alejadas. Los taxis de San José se ofrecen para excursiones interurbanas; en estos casos, es mejor acordar antes el precio.

Las principales visitas:
San José. Es la capital y el centro cultural del país. El Museo del Oro Precolombino, el de Jade y el Teatro Nacional son, junto con el mercado Central, las principales visitas. Los barrios Amón y Otoya conservan casas coloniales.
Volcanes Irazú y Poás. Ambos permiten llegar hasta la cima y ambos tienen un bosque nuboso en sus laderas (el Poás, en activo, lo tiene más cerca del cráter).
Teleférico del bosque lluvioso. Recorre el estrato más alto de la selva húmeda y permite observar la vida animal en las copas de los árboles. Dura 45 minutos.
P. N. Tortuguero. Lugar de cría de la tortuga verde marina. Los pantanos se recorren en barca por los canales.
Volcán Arenal. Su cono perfecto esconde un volcán activo que emite ríos de lava. Las mejores vistas del volcán se tienen desde la laguna de Arenal.
P. N. Manuel Antonio. Es uno de los más populares por sus cuatro playas, su riqueza ecológica y la belleza de la península de Punta Catedral.
P. N. Corcovado. Emblema de naturaleza salvaje de Costa Rica. Sus senderos al borde del Pacífico atraen a los viajeros más aventureros.

Consejos para visitar los parques
El Instituto Costarricense de Turismo, situado en la céntrica plaza de la Cultura de San José, ofrece información y un completo mapa sobre los parques del país. En la capital hay agencias que organizan excursiones de distinta duración, desde una sola jornada hasta de una semana. La vestimenta adecuada para visitar los parques debe ser ligera y fácil de lavar, ya que a menudo se pasa por zonas con barro. Se aconseja llevar buenas botas de montaña y prismáticos. Las oficinas de los parques de Costa Rica cobran una tasa de acceso. Además, hay guardas forestales que informan sobre los horarios y las rutas. Costa Rica es un país pionero en la práctica de varias actividades en plena naturaleza, algunas singulares como el sky walk o el canopy tour, paseos en cabinas, puentes colgantes y tirolinas que se deslizan entre los árboles. Un recorrido famoso se realiza con el Teleférico del Bosque Lluvioso, próximo al Parque Nacional Braulio Carrillo. Abre de 6 a 16 h y se puede llegar desde San José en sólo treinta minutos con
el autobús que lleva hasta la localidad de Guápiles. www.rainforesttram.com

Parques del Pacífico
Desde San José se puede viajar en autobús hasta Quepos, en el sur, el principal acceso al P. N. Manuel Antonio. Desde el pueblo arrancan rutas hacia el parque, entre las que destaca la que penetra en la Punta Catedral, donde mar y selva se funden. la reserva se visita con guías y abre de martes a domingo de 7 a 16 h. Al sur se halla el P. N. Corcovado, que ocupa la península de Osa, con uno de los mejores bosques lluviosos de América Central y hasta 500 especies vegetales. Se puede llegar en autobús desde Puerto Jiménez o en barca desde Bahía Drake. La principal oficina de información es la de Sirena, desde la que salen rutas que bordean la costa y llegan a otros puntos de información del parque –Pedrillo, La Leona y Los Patos–, en los que se puede dormir en rústicos campamentos; hay que llevar comida y gasolina.

Parque en el Caribe
El Tortuguero se extiende a lo largo de 19.000 hectáreas de playas caribeñas. Este parque nacional destaca por ser el terreno más importante de cría de la tortuga verde. No se puede nadar en sus costas, pero sí recorrerlas en barca desde el pueblo de Parismina. Hay dos puntos de información, Jalova, en el canal sur de acceso al parque, y Cuatro Esquinas, en el norte y a pocos minutos a pie del pueblo de Tortuguero. Durante la temporada de cría, se organizan visitas nocturnas con guía.

Lo mejor del Centro
Desde San José es fácil llegar en taxi o en autobús al P. N. Braulio Carrillo, 20 km al norte de la capital. El parque abre entre las 8 h y las 15 h y destaca por ser la mayor reserva lluviosa del interior de Costa Rica. Otro parque nacional interesante es el del Volcán Arenal, cuyo cráter aún está activo; en el pueblo de Fortuna, hay agencias que organizan visitas y cabañas con vistas al volcán. Desde la entrada del parque, arranca una senda de 2 km que llega hasta la base del volcán –la cima no se visita por precaución–. Por último, merece la pena el parque del volcán Irazú (inactivo). Cada fin de semana varios autobuses se acercan al cráter; parten de Cartago, 22 km al sudeste de San José. A pie, se puede subir a pie desde la oficina del parque.

Costa Rica

Ha sido destino ineludible para naturalistas de todos los tiempos. Y es que sus volcanes, ríos, manglares y bosques, junto con las variadas criatura que lo habirtan, forman un patrimonio ecológico único.

Por María Eugenia Casquet
No hay duda, Colón se equivocó. Erró en su primer viaje, al pensar que había llegado a las Indias Orientales, y lo hizo en su cuarta y última aventura americana cuando, ilusionado por las alhajas de los indígenas con los que se topó, pensó que el territorio recién descubierto en mitad del istmo centroamericano estaba repleto de oro. Sin embargo, el genovés no anduvo tan desencaminado al llamar a esta tierra Costa Rica. Es cierto que el preciado metal brillaba por su ausencia, pero el lugar estaba lleno de otras joyas, unas joyas, eso sí, que el mundo tardaría más de quinientos años en valorar como se merecen. Y es que los volcanes, activos o sosegados, los caudalosos ríos, los densos manglares o los frondosos bosques que llenan este país, y las infinitas criaturas que los habitan, forman un enorme patrimonio, no sólo ecológico, sino también económico. Costa Rica lleva lustros demostrando que es posible beneficiarse de la naturaleza sin necesidad de destruirla. La prueba: la cuarta parte de su superficie, diez veces menor que España, está protegida, y más de 1,2 millones de turistas, con sus divisas, llegan cada año hasta aquí atraídos por su biodiversidad.

Oasis de tranquilidad en Centroamérica
Claro que Costa Rica es un país atípico, pues también lleva décadas predicando con el ejemplo que se puede vivir sin ejército incluso en mitad de una zona convulsa como fue la Centroamérica del último cuarto del siglo XX. Además, la educación y la sanidad se han beneficiado de la ausencia de gastos militares, poniendo a este país entre los primeros de Latinoamérica en ambos campos. Con tales precedentes, aterrizo en San José convencida de que llego al paraíso. Pero la capital apenas me retiene, pues no es éste un país de atractivas urbes ni de otras grandes obras de factura humana. Ninguna de las célebres civilizaciones precolombinas alcanzó de lleno este rincón. Tampoco hay muchos vestigios arqueológicos de antiguas culturas locales, aunque sí destacan el monumento nacional Guayabo –restos de una ciudad que pudo surgir mil años antes de Cristo– y varias piezas expuestas en los museos capitalinos de Jade y del Oro Precolombino.

La naturaleza, el bien más preciado
Ahora bien, Costa Rica cautiva al viajero con la belleza y diversidad de sus paisajes. San José, y otras poblaciones importantes como Cartago, antigua capital, se hallan en la meseta central, una región elevada en el corazón del mapa costarricense más apta, gracias al clima fresco y a un suelo fértil, para el asentamiento que las zonas costeras. Prueba de ello son los extensos cafetales que la adornan y que, desde su introducción a finales del siglo XVIII, son el primer producto de exportación.
En las ciudades de la meseta central vive más de la mitad de los casi cuatro millones de ticos, como se autodenominan los costarricenses. Pero la productividad de esta tierra es un arma de doble filo. La fertilidad del suelo la da su origen volcánico, y sólo hay que alzar la vista hacia las fogosas montañas vecinas para ver que pueden convertirse en terribles enemigos. Son los volcanes del alargado cinturón de fuego que, cual espina dorsal, cruza el país de norte a sur. Los hay para todos los gustos, achatados o esbeltos, dormidos o enfurruñados, pelados o cubiertos de vegetación... Entre ellos, el Poás, con su cráter humeante y laderas de lujurioso verdor, o el Irazú, cuyas desnudas paredes esconden una preciosa laguna color jade. Ambos han de verse de día y alcanzar su cima. En cambio, el Arenal, con su perfecta figura cónica, requiere nocturnidad y lejanía para ver los ardientes borbotones que lanza con creatividad desde sus entrañas. Las mismas que caldean las aguas del balneario de Tabacón, importante centro de salud, y enclave ideal para ver las evoluciones de este volcán.
También difieren entre sí las franjas costeras que se abren a cada lado de la céntrica meseta. Al oeste,el litoral pacífico, plagado de recovecos caprichosos, de penínsulas, golfos y bahías, y adornado por rocas que esconden agradables playas de arenas blancas, doradas o negras, como las del popular Parque Nacional Manuel Antonio, limitadas por frondosos bosques. Al este, la costa caribeña, más suave, rectilínea, y lluviosa, pero también jalonada con bonitas alfombras arenosas, como las de Cahuita.

Protección del país y clases de bosque tropical
Muchos de estos escenarios, tanto del litoral como del interior, son áreas naturales protegidas y albergan el nada desdeñable cinco por ciento del total de las especies vivas del planeta. Es naturaleza en estado puro, o pura vida, como dicen por aquí.
Antes de viajar a Costa Rica pensaba que el bosque tropical era sólo un tipo de bosque. Error. Existen numerosos tipos de bosque tropical. En el Parque Nacional Corcovado, por ejemplo, hay un bosque tropical lluvioso, que crece entre el nivel del mar y los mil metros de altitud, y está formado por incontables especies animales y vegetales, entre ellas, árboles que superan los cincuenta metros de altura.
En la Reserva Biológica de Monteverde y en el Parque Nacional Braulio Carrillo, descubro el bosque tropical nuboso, que surge a partir de los 1.500 metros de altura. Los mayores árboles rondan los treinta metros, y goza de un clima más fresco y una humedad del cien por cien. Lo adornan helechos gigantes, aterciopelados líquenes y preciosas bromelias: la atmósfera perfecta para el mayor de los cuentos de hadas. Éste es también el reino preferido del quetzal, ave mítica para los precolombinos, pero difícil de ver a pesar de su luminoso plumaje blanco, rojo y verde.
Del bosque tropical muy húmedo queda un extraordinario ejemplo en otro parque nacional, el de Tortuguero, abierto al litoral caribeño y plagado de canales rebosantes de vegetación. Al recorrerlo, no es raro intuir la presencia de monos, caimanes, perezosos, o multitud de aves, aunque las estrellas locales son las tortugas: cuatro especies desovan en sus playas ofreciendo el grandioso espectáculo nocturno de la puesta.
Queda aún otro bosque tropical, el seco. Lo encuentro en la costa norte del Pacífico; tiene menos variedad de especies y unos árboles que, al contrario de los que pueblan las versiones húmeda, muy húmeda y nublada, pierden las hojas en época seca.
Por si todo esto fuera poco, además de áreas boscosas, Costa Rica oculta parajes más áridos y desoladores, como los páramos, que ocupan grandes altitudes, o amplios manglares surcados por sinuosos canales. Y lo que es mejor, casi tan variadas como la flora y la fauna de este país resultan las numerosas actividades pensadas para su disfrute. Entre las habituales caminatas por la selva o los paseos en barca hasta el sofisticado Teleférico del Bosque Lluvioso, que se desplaza entre las copas de los árboles del Parque Nacional Braulio Carrillo, hay un sinfín de posibilidades: subir a una torre de observación, cruzar los desafiantes puentes colgantes suspendidos a gran altura en ciertas reservas, o desplazarse con la sola sujeción de un arnés entre plataformas dispuestas a diferentes elevaciones. Todo ello para obtener las más diversas perspectivas del impresionante bosque tropical. Cualquiera de estas visiones prueba que Colón tenía razón, en efecto, el territorio costarricense es inmensamente rico.

Córdoba

Seguir el rastro de la historia de Córdoba es al mismo tiempo explorar sus colores. La Corduba romana fue fundada en el 169 a.C. Como capital de provincia, Augusto la dotó de templos, acueductos y termas que ornamentó con esculturas de mármol.

Llegado el período de la dinastía Omeya de Damasco (s.VIII) la ciudad se siguió dignificando con fuentes, baños, palacios y mezquitas. Fue particularmente la Mezquita de Córdoba que sobresalió sobre todas las demás por su singularidad, ambición y belleza. Destinada para prosternarse y orar –que es de donde proviene el significado original de la palabra - tenía una estructura horizontal con pasadizos en distintas direcciones. Sus columnas recordaban un bosque, y otras veces “palmeras datileras que evocan el desierto”. A través de sus capiteles se puede distinguir las distintas etapas de construcción que se mueven entre el 785 y el 987. Aquello que primero fue mezquita pasó a ser, gracias a la reconquista, una Catedral hacia el siglo XVI. Jades rojos, mármoles, caoba indiana substituyó las palmeras, olivos y argamasa rojizo de los suelos precedentes. Alfonso XI ordenó construir el Alcázar de los Reyes Católicos. Inicialmente sede de la Inquisición o cárcel hoy funciona como museo.
Saliendo del Alcázar se puede continuar el festival visivo -y olfativo- en las calles que circundan la Mezquita: macetas de flores contrastan con las blancas paredes de patios y balcones.
Caminando por el barrio Judío –aunque queden pocos vestigios de la originaria judería salvo la sinagoga- uno se puede hacer la idea de la riqueza cultural de Córdoba. La Posada del Potro, típica vivienda cordobesa, desde el siglo XV es testimonio de ello, y precisamente en la actualidad tiene uso como centro cultural. Otra joya que no se debe pasar por alto es la Plaza de Capuchinos (s.XVII-XIX), de la cual Rafael de La-Hoz comerntó: “Nunca se había dicho tanto con tan poco”. A un lado, el Cristo de los Desagravios y Misericordias –conocido como el Cristo de los Faroles-; infinitas impresiones residen en las calles y plazas de Córdoba.

A tener en cuenta
La Córdoba Card es un abono turístico que facilita el acceso con descuentos a museos, monumentos y también al transporte público, incluido el autobús que lleva al recinto arqueológico de Medina Azahara, a 8 km de la ciudad. La tarjeta también ofrece una visita guiada, para conocer los monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco (1994): el barrio de la Judería, la muralla árabe y la Mezquita-Catedral. El abono se compra en oficinas de turismo locales (www.cordobacard.com).

Cuándo ir
El otoño es una estación muy agradable para visitar Córdoba, cuando las temperaturas descienden tras el caluroso verano. Semana Santa es una época muy recomendable, puesto que la visita coincide con las procesiones religiosas que recorren el casco histórico (www.guiasemanasanta.com).
La primera semana de mayo se organiza un concurso de patios decorados que convierte las calles del barrio antiguo en un tapiz de flores (www.patiosdecordoba.net).

Cómo llegar
Córdoba dista 150 km de Sevilla, 397 km de Madrid y 910 km de Barcelona. Un medio de transporte cómodo para llegar a la ciudad es la línea del AVE que une Madrid y Sevilla. La parada de Córdoba se halla a una hora y 45 minutos de Madrid (www.renfe.es). Frente a la estación de tren cordobesa, en la Glorieta de las Tres Culturas, está la estación de autobuses, con líneas hacia toda Andalucía.
Otra forma de llegar a Córdoba es en avión desde otras ciudades españolas. El aeropuerto dista seis kilómetros de la ciudad.

Dónde dormir
La ciudad cuenta con cinco mil plazas hoteleras de diferentes categorías, desde lujosos hoteles a sencillas pensiones. Existen hoteles con encanto en el casco histórico, emplazados en casas típicas, con patio interior. Se puede reservar en la web oficial: www.turismodecordoba.org.

Paseos por la ciudad
Turismo de Córdoba propone varios recorridos guiados. Uno muy popular es un paseo a pie de dos horas al anochecer. Se contrata en la oficina de la plaza de las Tendillas, punto de partida, y recorre el casco viejo. En ella participan actores que representan a personajes de la historia local. Un medio de transporte típico para visitar Córdoba es el coche de caballos. La opción más práctica son los coches eléctricos (desde dos plazas) y el segway o patinete eléctrico; se contratan junto a la Catedral (Tel. 957 760 033).

Principales visitas
Mezquita-Catedral. Construida entre los años 785 y 987, es el monumento más importante y el mejor conservado de la arquitectura musulmana en Europa. Se convirtió en Catedral tras la Reconquista, en el siglo XIII.
Patio de los Naranjos. Durante la época omeya, era un popular punto de reunión, a la sombra de olivos y palmeras. Los naranjos datan de la reforma llevada a cabo en la catedral en el siglo XVI.
Calleja de las Flores. Muchas plazas y casas cordobesas exhiben colgadas de sus muros macetas cargadas de flores. En el mes de mayo, cuando florecen los geranios, es un auténtico espectáculo.
Alcázar de los Reyes Cristianos. Construido por el rey Alfonso XI en el año 1348 como hospedería real, aquí tuvo lugar la primera audiencia de los Reyes Católicos y Colón.
Caballerizas Reales. Fundadas por Felipe II en 1570, servían para criar caballos de pura raza. La cuadra número 1 conserva su aspecto original.
Posada del Potro. Ubicada en la plaza del mismo nombre, la posada es una típica construcción del siglo XV, con viviendas y caballerizas en torno a un patio central.
Museo Julio Romero de Torres. En la Plaza del Potro, el museo ocupa la que fuera la casa del famoso artista. Sus desnudos y retratos causaron escándalo a finales del siglo XIX.
Judería. Las estrechas callejuelas del antiguo barrio judío recuerdan la época en que Córdoba fue famosa enel mundo por sus grandes matemáticos y filósofos, como Maimónides (1135-1294).
Cristo de los Faroles. Situado en la plaza de los Capuchinos, también llamado Cristo de los Desagravios y Misericordias, es uno de los emblemas de la Córdoba católica.
Templo de Claudio Marcelo. El templo original data del siglo I. Se conservan las columnas de mármol de la entrada y parte del altar. Es el principal monumento de la época romana de la ciudad.

La Mezquita-Catedral
Es el principal monumento de Córdoba, declarado Patrimonio de la Humanidad. En el interior destacan las columnas de doble arcada de la Sala de la Oración. Tras la conquista cristiana del siglo XIII se construyó una catedral en el centro de la mezquita. La visita es de pago de lunes a viernes, a partir de las 10 de la mañana. Entre 8.30 y 10 h es gratis. No se visita durante la misa. Tel. 957 470 512.

La Judería
El viejo barrio judío se distribuye alrededor de la Catedral. En la calle de los Judíos se halla la sinagoga del siglo XIV. Su visita es gratuita de martes a domingo (Tel. 957 202 928). En la Judería hay que visitar la sinagoga y la plaza Benavente, una de las más animadas del barrio. Al oeste de la Judería destaca el Alcázar de los Reyes Cristianos, del siglo XIV, rodeado de jardines.

Vestigios romanos
A orillas del río Guadalquivir se fundó la capital de la Bética romana. Quedan vestigios como el puente que cruza el río, frente a la Mezquita, o los restos del templo de Claudio Marcelo (siglo i), en el este de la ciudad. En el Museo Arqueológico (en la plaza Jerónimo Páez, 7; Tel. 957 375 517) se puede profundizar en el legado de los romanos.

Patios y plazas
El templo de Claudio Marcelo se halla junto a la plaza del Potro, una de las más típicas, en la que se puede visitar la Posada del Potro, edificio del siglo xv, que ha conservado su estructura. En la plaza también se hallaelMuseo Julio Romero de Torres, en la casa de este pintor (1874-1930).
Uno de los ejemplos más bellos de patios cordobeses está en el palacio de Viana, en la plaza Don Gome, con doce patios. La Calleja de las Flores es otra de las más típicas, por sus patios y plazuelas repletas de macetas con flores. La plaza de los Capuchinos alberga el crucero del Cristo de los (ocho) Faroles.

Córdoba

Entre sus calles y patios recoletos se aprecia el silencio que alabó Séneca, la desnuda claridad que iluminó a Averroes y las sombras que inspiraron a Julio Romero de Torres. Pero, sobre todo, en Córdoba se revive el esplendor califal a través de la soberbia mezquita.

Por Manuel Mateo Pérez
En Córdoba, muy próxima a la mezquita, se encuentra la plaza más pequeña del mundo. La llaman plaza de los Rincones de Oro, porque, según cuentan, los rayos del sol bañan con su luz las aristas de sus viejos rincones. A la plaza se entra por el callejón del Pañuelo, que tiene la anchura de aquella tela desplegada. Una vez dentro, el caminante tiene la sensación de haber violado un lugar íntimo, el patio privado de una familia, el zaguán de una casona recogida y apartada.

Una plaza de esencia Cordobesa
Dos naranjos cierran con sus copas la techumbre de la plaza; de una fuente mural cae un hilo de agua a un brocal de origen árabe. Las paredes están encaladas y, a la caída de la noche, cuando no hay vehículos que conspiren con sus ruidos por las calles aledañas, la plaza se convierte en un lugar mágico, poseído por las bondades que le otorga la luz del farol, el olor de la arboleda y el sonido líquido cayendo sobre el estanque.
En su soledad y modestia, la plaza de los Rincones de Oro tiene la virtud de resumir las sensaciones que hacen de Córdoba una ciudad muy distinta a cualquier otra. Aquí reina el silencio que tanto alabó Séneca, la desnuda claridad que iluminó a Averroes y las trémulas sombras que inspiraron a Julio Romero de Torres. Córdoba tiene una asombrosa facilidad para desdoblarse en muchas ciudades a la vez. De la humildad y el recato de sus patios claros y recogidos es capaz de pasar al deslumbramiento y la fascinación de la mezquita sin que entre ambos lugares diste más de media docena de esquinas.
Distancia suficiente para apreciar el íntimo orgullo que tiene Córdoba al saberse única. En el siglo I d.C., Córdoba competía con la capital del Imperio romano en esplendor. El teatro que hoy se desentierra en las inmediaciones de la plaza Jerónimo Páez fue el más espectacular coliseo construido en Hispania, apenas seis metros más pequeño que el teatro Marcello de Roma. Pero fue enépoca árabe, bajo el gobierno del califato, cuando la ciudad de Córdoba callaba a toda Europa. En el año 1000, cuando sus capitales eran infectas aldeas comidas por la suciedad y la podredumbre, Córdoba pavimentaba sus calles, iluminaba sus plazas y mantenía a una población superior a los doscientos mil ciudadanos. León, la capital de la cristiandad peninsular, difícilmente superaba los quince mil habitantes.
Entrar al patio de la mezquita de Córdoba es volver a aquellos tiempos en que los cadíes impartían justicia a las puertas del templo, los sabios dictaban lecciones de álgebra y geometría, los mercaderes pujaban por obras de arte traídas de remotos países y las esclavas del harén adormecían con el laúd y las rimas el descanso de sus dueños.
Hoy no hay palmeras como las hubo en época omeya, sino naranjos y olivos que perfuman las suntuosas puertas del oratorio. Por dentro, la luz se vuelve sombra y la claridad, palidez. El caminante escucha sus pasos entre el frío mármol mientras, sin saber muy bien por qué, su cabeza se mantiene erguida, observando con ansia las arcadas que se levantan a su vista. Las dovelas rojas y blancas remarcan la profundidad del templo, mientras las mil columnas que lo sostienen parecen marcar el itinerario de un laberin-to que no tiene fin.
La disposición geométrica de la mezquita, el monumento más solemne del mundo islámico en Occidente, despertó la imaginación de los viajeros románticos del XIX, que creían ver en ella la metáfora de un bosque de palmeras orientales. Seguramente, eso pretendió Abderramán I al edificar el primer oratorio a mediados del siglo VIII. Su descendiente, el gran ca-lifa Abderramán III, ordenó erigir el alminar. Su hijo, al-Hakam II, amplió la mezquita doce tramos más sin saber que, pocos siglos después, los enemigos cristianos plantarían en mitad de su lugar más sagrado una catedral que incluso mereció el repudio del emperador Carlos V.
Todo cambia en la Judería. El barrio es un abra-zo de calles y plazoletas que separan las orillas del Guadalquivir de la ciudad moderna. Protegida murallas adentro, sus estrechas y umbrías travesías descienden hacia el Campo Santo de los Mártires.
Así se llega hasta las almenas y torreones del alcázar de los Reyes Cristianos. El alcázar lo fundó el rey Alfonso XI en 1328 como hospedería real. En ella descansaron, gobernaron y conspiraron los monarcas de Castilla. Como ejemplos, se sabe que en sus aposentos Enrique II mantuvo amores con la bella dama portuguesa Juana de Sousa y que, en sus despachos, Pedro I, apellidado el Cruel, tuvo noticias de que había perdido la batalla de los piconeros.

Historia en las salas del Alcázar
Las regias salas del alcázar también vieron cómo los Reyes Católicos recibían en audiencia a Cristóbal Colón para aprobar su «alocada» empresa en busca de las Indias. Incluso se cuenta que en el alcázar, una fría noche, la reina Isabel mandó desmontar el molino de la Albolafia porque le impedía conciliar el sueño. Más recientemente, el edificio fue sede de la Inquisición, cárcel militar, atarazana y almacén del concejo. El siglo xx le restituyó su dignidad. Volvieron a cobrar su esplendor los jardines aterrazados y los estanques.
En sus salones se exponen hoy sarcófagos y mosaicos de tiempos de Roma. Pero la memoria de la Corduba imperial no reside sólo allí. Está soterrada en cualquier lugar, en cualquier esquina. En la plaza de Jerónimo Páez, próximo a las cáveas del desenterrado teatro y de los mosaicos de teselas que atesora el Museo Arqueológico, hay un busto en bronce que representa la esfinge del poeta Lucano, condenado a suicidarse en tiempos de Roma. La estatua está próxima a la puerta de la Casa del Judío, donde están talladas sobre la madera noble las imágenes de los reyes Fernando III y Pedro I. En una de las esquinas de la plaza hay una taberna que en los días buenos saca sus veladores al exterior. En su carta nunca falta el salmorejo, el flamenquín y el rabo de toro, quintaesencia de la cocina de la ciudad.
Entre sabores y aromas a vino montillano, Córdoba desdobla sus muchos rostros en sus plazas. Una de ellas lleva por nombre el Potro. Tiene una ligera pendiente hasta el paseo de la Ribera del Guadalquivir. A espaldas de San Rafael Arcángel la plaza se prolonga entre una dulce alameda de naranjos en flor. Miguel de Cervantes recreó su vida en uno de los capítulos de El Quijote; escribió de su aire desmesurado, luminoso y casquivano, del curioso cenáculo de truhanes, pícaros y caballeros venidos a menos que la frecuentaban. Aquellas inspiraciones del Siglo de Oro desaparecieron. Conserva, eso sí, su acento populoso en las balconadas de madera, en los arriates y macetas que las perfuman y en los hierros oxidados que sirvieron para amarrar las bestias.
La plaza del Potro es renacentista, vivaracha, andaluza. Tiene una fuente octogonal de cuatro caños sobre la que se erige un caballo labrado en piedra. Los paredones de los edificios que la rodean están salpicados de inscripciones que narran acontecimientos históricos de mucha enjundia. El edificio principal fue un primitivo hospital donde era atendida una legión de menesterosos y mendigos famélicos. Hoy es sede del Museo de Bellas Artes y del de Julio Romero de Torres. En él, en los lienzos que cuelgan entre sus galerías, reside otra parte de la esencia de esta ciudad, una mística envuelta en la dulce letanía de la piel canela y los ojos negros, cualidades que –aseguran– alumbran a la mujer cordobesa, heredera de Roma y al-Andalus.

Napoleón aseguró que podía reconocer su patria sólo por el olor: Córcega está dotada de un perfume irrepetible en el que se funden el tomillo, el almendro, la higuera, el castaño, el pino, la artemisa, la lavanda y, por supuesto, el mar.
Partiendo desde el Norte, en Calvi, se ponen a prueba todos los sentidos; este puerto sirve como punto estratégico para acceder a la isla, ya sea en ferry o en avión. La morfología de la ciudad (calles empedradas, casas de veraneo de estilo rústico, etc.) se repite en otras ciudades de la costa, como por ejemplo Speloncato o San Antonio, ambas situadas sobre impresionantes atalayas rocosas. No lejos de Calvi se puede acceder a la Reserva Marítima y Terrestre de Scandola. La riqueza geológica de dicha reserva se remonta hasta 250 millones de años atrás: una erupción volcánica dejó tras de sí formaciones rocosas de ensueño durante los siglos venideros, y la vegetación y fauna se fueron posando en ellas. El reconocimiento oficial de su belleza llegó de la mano de la UNESCO, que en 1975 la declaró Patrimonio de la Humanidad. Siguiendo por la ribera oriental de la isla se llega al golfo de Porto. Tomando la carretera hacia Piana las panorámicas resultan de ensueño: sobre altos acantilados se puede contemplar la inmensidad del mar. Los despeñaderos, riachuelos y las calas terminan de dibujar este increíble paisaje. Sin embargo, el interior encierra tesoros magníficos: la sierra interior, protagonista del Parque Natural de Córcega, es uno de ellos. Antes de volver a la costa merece la pena visitar Corte, capital de la Córcega independiente en el siglo XVIII. Finalmente, Ajaccio, ciudad afrancesada, diferente de cuanto se haya visto hasta entonces en la isla. Napoleón, nativo de esta ciudad, se encargó de que fuera la nueva capital en 1811. Su recuerdo permanece en la actualidad: estatuas, calles y tiendas se encargan de agradecerle vivamente su gesto.

A tener en cuenta
Para este viaje sólo se precisa el documento nacional de identidad.
Como en Francia, la moneda oficial es el euro. Se aceptan habitualmente todas las tarjetas de crédito. Los idiomas oficiales son el francés y el corso. También se habla inglés en los establecimientos turísticos.

Cuándo ir
La isla tiene un clima mediterráneo, con veranos calurosos y secos e inviernos templados y lluviosos. Cualquier época del año es buen para visitar la isla, aunque la estival es la más concurrida y la más cara.

Cómo llegar
Desde varias ciudades españolas salen vuelos hasta Córcega, que siempre realizan una escala en París, Niza o Marsella. En verano, se programan vuelos chárter directos. Otra opción es llegar a Córcega por mar, en transbordadores que salen desde Marsella, Toulon o Niza y llegan a los puertos corsos de Bastia, Île Rousse, Porto Vecchio, Calvi, Ajaccio y Propriano. Los feries disponen de camarotes y bodega para coches. Para ir en barco consultar la web: www.sncm.fr.

Cómo moverse
Una de las mejores opciones es el alquiler de un coche; hay empresas en el aeropuerto y en las principales ciudades. Las carreteras suelen ser estrechas y con muchas curvas, en especial las que atraviesan el centro de la isla y las de la costa oeste. Córcega está comunicada por diversas líneas de autobús que enlazan las principales localidades. Fuera de la temporada alta, los horarios cambian y la frecuencia de paso se reduce. Desde Bastia parte el «trinighellu», el tren corso (www.train-corse.com) que, aunque es lento, ofrece panorámicas únicas de la costa y del interior.

Dónde dormir
La oferta de alojamiento es muy amplia, gracias a la abundancia de hoteles de diversas categorías y apartamentos de alquiler. El turismo rural está muy desarrollado en el centro de la isla. En las localidades de Porto Vecchio y Bonifacio, loshoteles son más exclusivos. Se puede consultar la oferta en la web: www.visit-corsica.com.

Gastronomía
Carne de ternera, pescado, verdura y fruta, vino, miel, aceite de oliva, embutido y el brocciu (un queso local) son los productos tradicionales de la gastronomía corsa. Entre los platos más típicos destacan el figatellu (una salchicha de hígado) y el lonzu (lomo de cerdo salado y secado). Los agricultores y artesanos de los valles corsos se han agrupado para ofrecer varias rutas que descubren el territorio a través de sus productos. Más información en: www.corsica-terroirs.com.

Visitas ineludibles
Calvi. Esta antigua ciudadela es uno de los centros turísticos más importantes de la isla. El activo puerto y el aeropuerto de llegada para muchos visitantes no han alterado su fisonomía y su calma ancestral.
Speloncato. A 35 km de Calvi, debe su nombre a las numerosas grutas (speluncas) que lo rodean.
San Antonino. Su situación, a 450 metros sobre el nivel del mar, garantiza unas vistas inmejorables.
Reserva Natural de Scandola. Este espacio se recorre en excursiones en barco que ofrecen la posibilidad de bucear en las aguas cristalinas repletas de fauna. Llama la atención el color rojizo de las rocas.
Corte. La ciudad, capital de la isla en el siglo XVIII, sigue siendo el centro cultural de referencia. Está rodeada de altas montañas y pueblos tradicionales. En toda la zona se degusta una cocina excelente.
Parque Natural de Córcega. Casi todo el interior y parte del litoral están preservados por este parque que ofrece las mejores rutas para recorrer y conocer Córcega.
GR20. Su longitud y la variedad de sus paisajes hacen que este sendero sea uno de los más famosos de Europa.
Ajaccio. Capital administrativa de la isla, rodeada de un litoral escarpado pero accesible que dibuja calas, penínsulas y ensenadas solitarias.
Islas Sanguinarias. Situadas frente a la costa de Ajaccio, es una de las visitas marítimas más recomendables, por sus fondos marinos y su peculiar relieve.
Bonifacio. Sus murallas, levantadas sobre un acantilado que se precipita al mar, lo convierten en uno de los pueblos más atractivos de la isla. Desde el mirador se divisa Cerdeña.

Los principales pueblos
En las oficinas de turismo organizan varios recorridos para visitar los principales núcleos monumentales de la isla, así como sus parajes naturales (www.visit-corsica.com). La ruta Norte se dirige a la zona de Balagne, donde están Île Rousse y Calvi, y la capital corsa, Ajaccio –cuna de Napoleón–, desde la que se continúa en ferry a las islas Sanguinaires y a localidades pintorescas como Olmeto, Filitosa y Propriano. El recorrido por el sur de Córcega debe incluir la visita a Bonifacio y Porto Vecchio, enclaves turísticos que mantienen el encanto de sus barrios antiguos. Por último, en la costa oriental destaca Bastia, con su Ciudadela. En el centro está la ciudad de Corte, rodeada de altas montañas; el Museo de Córcega de Corte relata la historia de la isla: www.musee-corse.com.

Ruta por el litoral
Cap de Corse, en el norte de la isla, preside una península que acoge encantadores pueblos de pescadores. En el camino de acceso desde Île Rousse hasta Saint Florent, primer enclave del cabo, se ubica el desierto de Agriates y su espectacular playa de la Saleccia. Información sobre rutas por esta zona: www.objectif-nature-corse.com. Al norte del golfo de Girolata se sitúa la Reserva Natural de Scandola, que destaca por la preservación de sus paisajes. Sólo se puede accede por mar, en barcos que salen desde Calvi y Porto, donde muchas agencias proponen esta excursión. Está prohibido bucear, pescar y pernoctar en la reserva.
Alrededor de Bonifacio (www.bonifacio.fr), en el sur de la isla, se extiende una espectacular costa acantilada de 70 kilómetros de longitud. Frente a ella se sitúan las islas Lavezzi y Cervicales, famosas por sus fondos marinos, en los que se pueden practicar el buceo.

Parque Natural de Córcega
Dos tercios del centro de la isla se sitúan en los límites del Parque Natural Regional de Córcega, donde se proponen muchas actividades (www.parc-naturel-corse.com).La isla tiene una altitud media de 568 metros. Su cumbre más elevada es el monte Cinto, de 2.710 metros de altitud, meta de muchos escaladores. Otra cima emblemática es el Capu Tafunatu, apodada «la montaña perforada», desde la que se consiguen panorámicas sobre los golfos de Portu y Girulata. La capital montañosa de Córcega es Corte, punto de partida de muchas excursiones, como la que atraviesa las gargantas de Restonica.

Actividades al aire libre
En el Parque Natural Regional de Córcega se ofrece una red de más de 1.500 km de senderos, desde el GR-20 –para expertos y sólo entre los meses de junio a octubre– a otros de menor dificultad que se recorren todo el año. Desde noviembre hasta abril, es buena época para visitar Córcega y descubrir sus propuestas de invierno. En función de la nieve, se organizan paseos con raquetas de nieve y esquís de fondo. Una ruta muy tradicional es la Alta Strada, que atraviesa el centro de la isla. Las principales pistas de esquí de la isla son Ghisoni, Vergio y Val d'Ese. Con la llegada de la primavera, en las montañas se realizan circuitos ecuestres y escalada; en verano, descensos de cañones y rafting. Por su parte, las poblaciones costeras ofrecen actividades marítimas como paseos en barca o en velero y submarinismo. Más información: www.objectif-nature-corse.com y www.destination-corse.com.

Copenhague


Copenhague es una ciudad de contrastes: los viejos palacios y edificios monumentales conviven en armonía con una moderna arquitectura de cristal y acero.
Vital y luminosa, es la más mediterránea de las ciudades escandinavas. El núcleo primitivo de la ciudad se sitúa junto al canal Nyhvan, un bello embarcadero al que se asoman las pintorescas y centenarias fachadas de las casas. Las más antiguas datan de 1671, cuando se abrió el canal, y en sus acogedoras terrazas se pueden degustar delicias típicas como el frokost tallerken, un surtido elaborado con arenque, salmón y verduras; Copenhague, la antigua puerta comercial y social del Mar Báltico, continúa hoy en día haciendo alarde de su fuerte carácter marinero. Muy apreciado por los daneses es también la Torre del Reloj, situado en la Radhusplasen o plaza del Ayuntamiento. Esta torre alberga el Reloj Universal, que proporciona un calendario para los próximos 570.000 años. Para admirar la Copenhague más vanguardista el viajero debe encaminarse al imponente Centro Nacional del Diseño Danés. Proyectado por Henning Larsens, en este edificio se desvelan las bases del célebre diseño de este país: sentido práctico, tecnología y estética. Otro edificio que también es reflejo de las últimas tendencias en arquitectura es el Diamante Negro (Den Sorte Diamant), una ampliación de la Biblioteca Real y que tiene unos característicos ventanales abiertos al agua. Copenhague es, en definitiva, una ciudad en constante transformación que, lejos de modas pasajeras, ha adoptado el compromiso de materializar su ánimo visionario, tanto en la arquitectura, la decoración o en el cine; No hay que olvidar que el Instituto de Cine Danés es el epicentro mundial del movimiento dogma, con representantes tan ilustres como Lars von Trier.

La capital danesa se sitúa en la costa oeste del país, en la isla de Zealand, que está rodeada por el mar Báltico. Los dos millones de habitantes de Copenhague son un tercio de la población total de Dinamarca. Nuestro reportaje descubre la cara más renovada de la capital escandinava.

A tener en cuenta
Para viajar a Dinamarca sólo se requiere el documento nacional de identidad. La moneda oficial del país es la corona danesa; 1 euro equivale a 7,45 coronas.

Cuándo ir
Los meses de verano son la mejor época para visitar el país. La razón principal es el clima agradable, con una temperatura media de 23º C. Además, durante el verano, se produce el fenómeno natural del «sol de medianoche», durante el cual hay más horas de luz solar.

Cómo llegar
Desde Madrid y Barcelona varias compañías tienen vuelos directos a Copenhague. El aeropuerto de Kastrup está conectado por ferrocarril con la estación Central de la capital danesa; los trenes salen cada diez minutos y el trayecto dura doce minutos.
Otra opción para trasladarse al centro es en el autobús que parte de la terminal (www.ht.dk).

Cómo moverse
En el aeropuerto, en la estación de tren y en las oficinas de turismo se vende la tarjeta Copenhaguen Card, que permite utilizar el transporte local (tren, autobús y metro) durante varios días, incluido el trayecto al aeropuerto; además ofrece descuentos en espectáculos, museos y alquiler de vehículos.
La bicicleta es un medio de transporte muy común en Copenhague. Hay 125 puestos callejeros de alquiler. El paseo en barco por los canales y lagos como el Soterdams So es otra atracción de la ciudad. La mayoría parten del canal Nyhvan (www.visitcopenhagen.com).

Dónde dormir
La ciudad dispone de más de 15.000 camas, distribuidas en hoteles de diversa categoría. El sistema de bed and breafkfast es muy recomendable. Información y reservas en: www.bbdk.dk.

Visitas imprescindibles
Canal Nyhvan. Construido en 1671, este antiguo canal portuario está hoy repleto de cafés y terrazas.
Strøget. En esta avenida se concentran las tiendas de moda y diseño. Llega hasta la plaza del Ayuntamiento, presidida por la Torre del Reloj.
Rosenborg, Amalienborg y Christiansborg. Los tres palacios reales de la capital pueden visitarse, aunque el de Amalienborg sólo parcialmente, pues es la actual residencia de los monarcas daneses.
Sortedams Sø. Desde este lago, al norte de la ciudad, parte un paseo junto a edificios neoclásicos.
Gliptoteca Carlsberg. Centro de arte con una importante colección de esculturas del Antiguo Egipto, Grecia y Roma. También obras de Edgar Degas, Auguste Rodin y pintores impresionistas como Gauguin y Monet.
El Diamante Negro. Este edificio, recubierto de cristales ahumados y planos inclinados, forma parte de la Biblioteca Real.
Teatro de la Ópera. Inaugurada en 2005, es la última incorporación en Christianshavn. El edificio es obra del arquitecto danés Henning Larsens.

Plaza del Ayuntamiento, el centro urbano
Un excelente punto para iniciar la visita de Copenhague es la plaza del Ayuntamiento o Radhusplasen. Está rodeada de lugares de interés y además centraliza las paradas de autobús y la estación de tren. La plaza está presidida por la Torre del Reloj del Ayuntamiento, a la que se puede subir para avistar la ciudad antigua; está abierto de lunes a viernes. En un lateral de la plaza se halla la entrada al extenso parque de atracciones Tívoli (www.tivoli.dk). En el otro lado de la plaza nace la avenida peatonal Strøget, con tiendas de moda, bares y restaurantes.

Canal Nyhvan
En el otro extremo de la avenida Strøget se abre el canal Nyhvan, construido como zona portuaria en 1671 y rehabilitado hace una década. Está presidido por casas neoclásicas del siglo XVII, rehabilitadas y hoy ocupadas por bares, oficinas y hoteles.

La Biblioteca Real
Otro paseo junto a los canales se inicia al sur del Nyhvan, por la avenida Andersen. En esta zona se reúnen los edificios más innovadores construidos en los últimos años en Copenhague. Uno de los más destacados es la ampliación de la Biblioteca Real, que se conoce como el Diamante Negro por sus cristales oscuros (www.kb.dk). A través de los jardines de la biblioteca se accede a otro lugar de interés arquitectónico: el Museo Judío.

El Teatro de la Ópera
Por el puente de Knippelsbron se cruza el río Inderhavnen y se accede al barrio de Christiania, una antigua área de astilleros reconvertida en zona de ocio. Al norte de este distrito se erige el Teatro de la Ópera, un moderno bloque acristalado que fue inagurado en 2005. El Teatro de la Ópera se recorre con visitas guiadas (www.operaen.dk).
En la orilla opuesta se encuentra el palacio Amalienborg, una de las tres residencias reales de la capital, junto al castillo de Rosenborg y Christianborg; el palacio de Amalienborg sólo está abierto al público de forma parcial, pues todavía ejerce como residencia oficial de la familia real de Dinamarca.

Museos y centros de arte moderno
En la arboleda de Vesterbrogade, las casas neoclásicas contrastan con las láminas de madera del Centro del Diseño Danés (www.ddc.dk). Tanto el edificio como las obras que expone son ejemplos del último diseño. Abre cada día; la entrada es gratis los miércoles por la tarde. Otro centro museístico dedicado a las nuevas tendencias es la Galería Nacional Danesa (www.smk.dk), que expone obras de artistas locales; está abierto de martes a domingo. Merece la pena desplazarse a las afueras de Copenhague para visitar el Arken (www.arken.dk). Se halla a 20 km –se llega en tren en 25 minutos desde la estación Central–. Se tratade un museo imprescindible para conocer las últimas vanguardias del país, desde la fotografía a la escultura.
Aunque está dedicada al arte clásico, la Gliptoteca Calsberg (www.glyptotekt.dk) es una visita ineludible en Copenhague. Se sitúa en la plaza del Ayuntamiento y reúne esculturas desde el antiguo Egipto, Grecia y Roma. También acoge salas dedicadas a la Edad de Oro de la escultura danesa (siglo XIX) y a los maestros de la pintura impresionista europea.

Locales de moda
Copenhague está considerada una de las capitales europeas de la moda y el diseño, por lo que muchas marcas internacionales están presentes en la ciudad, en especial a lo largo de la Strøget. Junto a estas firmas, Copenhague ha sabido preservar y potenciar marcas nacionales, como las prestigiosas porcelanas de la Royal Copenhaguen, cuya tienda y fábrica se sitúan en la avenida Strøget; se organizan visitas comentadas para ver en directo cómo se realizan las porcelanas. En www.visitcopenhagen.com hay un completo listado de los comercios de Copenhague.

Gastronomía
Entre las capitales escandinavas, Copenhague sobresale por su oferta culinaria, pues cuenta con una decena de restaurantes distinguidos con una estrella Michelin. Además de degustar innovaciones gastronómicas, conviene probar el tradicional smorrebrod, un emparedado a base de lechuga, gambas, paté, arenque o salmón. Durante los últimos años han proliferado los restaurantes japoneses donde el plato estrella es el sushi, muy de moda en la ciudad. El Tívoli es un lugar tranquilo y romántico para cenar, mientras en el canal Nyhavn predomina la animación y la oferta nocturna, con bares de copas y locales de música jazz. Más información en el sitio: www.visitcopenhagen.com.

China

El desarrollo reciente del turismo en China ha puesto al alcance de cualquiera un mundo hasta hace poco misterioso y lejano.

Desde un hotel de Pekín, el turista puede ahora conocer en persona numerosos lugares legendarios, empezando por la célebre Ciudad Prohibida, la que fuera residencia de los emperadores chinos desde el siglo XV hasta principios del XX. Cruzando la Puerta de la Armonía Suprema accederá a los pabellones del Palacio Imperial, deshabitados hace tiempo pero no por ello menos sugerentes. No es el único palacio que existe en Pekín: a poca distancia se encuentra Tiantan, el Templo del Cielo, un lugar de culto para los soberanos Ming, y al noroeste de la ciudad se halla el Palacio de Verano. Un pasado imperial que contrasta con la presencia del mausoleo de Mao en el centro de la plaza de Tiananmen, recientemente renovado. No lejos de la capital se alza la Gran Muralla en una de sus secciones mejor conservadas, la de Badaling. Otros destinos de interés son Tai Shan, monte sagrado taoísta, o las cuevas budistas de Yungang. En Xian, finalmente, se encuentran los célebres Soldados de Terracota, que desde su descubrimiento en 1974 han cautivado la atención del público internacional.

Los principales enclaves imperiales que aparecen en el reportaje de este número están conectados por carretera, tren o avión con la capital del país, Pekín (Beijing). Desde nuestro país salen vuelos a Pekín con escala en una ciudad europea. Varios medios de transporte conectan el aeropuerto con el centro urbano, a 29 km: taxis –los oficiales llevan un distintivo rojo–, autobuses cada quince minutos y un tren de vía rápida.

A tener en cuenta
Para viajar a China se precisa el pasaporte y, además, un visado turístico que gestiona la Embajada de China en Madrid (www.embajadachina.es). La moneda oficial es el yuan chino; 1 euro equivale a 10 yuans. A pesar de su extensión, China tiene una única franja horaria; la diferencia con relación a España es de siete horas de adelanto.

Desplazamientos
Aunque las principales ciudades y aeropuertos tienen agencias de alquiler de coches, moverse por cuenta propia es complicado. El estado de las carreteras deja bastante que desear y las señales están escritas en alfabeto chino. La mejor opción es contratar excursiones organizadas o bien usar líneas regulares de tren y de autobuses, pues son fiables y cuentan con paradas fijas.

Principales visitas
Gran Muralla. Las secciones más accesibles son las de Badaling y Mutianyu, a 70 y 80 km de Pekín. Simatai y Jinshanling están mucho menos reconstruidas.
Ciudad Prohibida. En Pekín. También llamada Gugong, requiere cuatro horas de visita. Su entrada principal está en la plaza Tiananmen.
Templo del Cielo. Es el cenit de la arquitectura Ming. Destaca el Templo de las Plegarias para las Buenas Cosechas, que data de 1420.
Palacio de Verano. Ocupa una colina repleta de residencias y templos a 16 km del centro de Pekín. Residencia estival del emperador desde el siglo XI.
Chengdé. A 250 km de Pekín, acoge la villa de verano de los emperadores Qing. Contiene templos de distintosestilos.
Xian. Su Museo de Historia muestra una exposición sobre la Ruta de la Seda.
Soldados de terracota. El mausoleo del emperador Qin Shihuang se halla a 35 km de Xian. Conserva casi 8.000 esculturas a tamaño natural.
Cuevas de Longmen. Próximas a Luoyang, al este de Xian. Más de 2.000 cavidades con esculturas budistas.
Guilin. La ciudad no conserva monumentos antiguos pero sus alrededores están repletos de alicientes naturales.
Hangzhou. Antigua capital imperial, preserva el recinto palaciego del lago del Oeste, con bellos jardines y templos.

Visitas en Pekín
La capital china es una ciudad muy extensa, por lo que se requiere una buena planificación para visitarla. Es recomendable utilizar el transporte público, teniendo en cuenta que el metro es rápido, y el autobús está a menudo masificado. Otra forma de desplazarse es en rickshaws –carritos tirados por bicicletas–. Son algo caros, pero se alquilan con facilidad en muchos puntos.Visita obligada es la céntrica plaza Tiananmen. Presidida por el mausoleo de Mao, también acoge el Museo de la Revolución China y la entrada a la Ciudad Prohibida –también Palacio Imperial y Gugong–. El recinto abre de 8.30 h a 17 h y merece una jornada de visita. Se puede visitar por libre o con guías que se contratan a la entrada. Otras visitas de interés en Pekín: el Templo del Cielo, 2 km al sur de Tiananmen, abre de 8.30 h a 19 h; el Palacio de Verano, en Yiheyuan, a 16 km del centro y abierto de 8 a 19 h. Más información en el sitio: www.beijingscene.com.

Gran Muralla
Pekín es una excelente base para visitar la muralla china. Los tramos restaurados abiertos al público abren de 8 h a 16 h. Hay que pagar una entrada de acceso. Se puede visitar con excursiones contratadas o por libre, mucho más barato. Lo mejor es llegar temprano para evitar la afluencia de visitantes. Desde Pekín, se accede en coche, tren o autobús –el trayectos es de dos horas–, a las secciones de Badaling, 70 km al nordeste y Simatai, a 100 km. Menos masificada, aunque algo más alejada es la sección de Mutianyu, a 120 km de la capital.

Xian y alrededores
A esta ciudad al sur de Pekín se puede llegar en coche o en avión. La ciudad puede recorrerse en trolebús; el 101 sigue una ruta turística que pasa por el barrio musulmán, el Museo de la Ruta de la Seda y varias pagodas como la de la Oca. Xian suele servir como base para visitar el famoso ejército de Soldados de Terracota, 35 km al este. Las excursiones organizadas facilitan los traslados, pero realizan una visita rápida por lo que es mejor llegar por cuenta propia desde Xian en tren o con los autobuses 306 y 307, en una hora de viaje.

Guilin
La mejor propuesta en esta ciudad del sur de China, cuyo aeropuerto está 20 km al oeste, es realizar un crucero por el río Li, entre arrozales y campos de bambú. Los barcos salen desde los muelles de la colina de la Trompa de Elefante y realizan una excursión de seis horas hasta Yangshuo, a 85 km al sur. El regreso se realiza en autocar.

Cuevas de Datong
Al este de Pekín, a unas siete horas de viaje por carretera, se llega a Datong (provincia de Shanxi). Cerca de esta población se hallan las famosas grutas-templo de Yungang, decoradas en el siglo V con más de 15.000 budas. A escasos 16 km de Datong, se encuentran otras cuevas budistas destacadas, las grutas de Luoyang.

Montaña Tai Shan
A 80 km de Jinan, al sudeste de Pekín, se alza la cumbre sagrada de Tai Shan (1.545 m). Hasta allí acuden peregrinos, pero también excursionistas que desean ascender por sus senderos. Desde Jinan varias líneas de autocares dejan en una zona de aparcamiento, donde se pueden contratar los servicios de porteadores. Desde aquí también sale un teleférico para los que prefieren ahorrarse la caminata. La ascensión puede realizarse en un solo día, pero require una jornada agotadora de 8 horas. Lo mejor es pernoctar en los hoteles y refugios, que disfrutan de bellas vistas. Hay dos posibles rutas: la Central y la Oeste. La primera es la más frecuentada. La ropa de abrigo es obligatoria para subir a la cumbre.


A su llegada a las cataratas Victoria, el majestuoso río Zambeze protagoniza el espectáculo más sobrecogedor del sur de África: provocando un gran estruendo audible en la distancia, se desploma a lo largo de 1.700 metros en una sima de más de 100 metros de profundidad.
El médico y misionero británico David Livingstone las descubrió al mundo occidental en 1855, mientras exploraba la cuenca del Zambeze. El viaje que remonta el curso del río por la orilla derecha -la izquierda pertenece a Zambia- hasta el lago Kariba, encadena una serie formidable de parques nacionales colmados de vida animal: Hwange, Chizarira, Matusadona y los humedales de Mana Pools. El Parque Nacional Hwange, que ocupa 14.000 kilómetros cuadrados, es el más apreciado de Zimbabue por su abundante y variada fauna. En los safaris por esta reserva son sobre todo visibles los cinco grandes mamíferos: león, elefante, búfalo, rinoceronte y leopardo. El siguiente parque nacional, el de Chizarira, de 2.000 kilómetros cuadrados, es el más desconocido de Zimbabue. Destaca la silueta del monte Tandezi, de 1.500 metros de altitud, cuyas laderas descienden escalonadamente hasta las riberas del lago Kariba, formado en 1960 al represar la corriente del Zambeze para crear una de las mayores centrales eléctricas de África. Al Parque Nacional Mana Pools, Patrimonio de la Humanidad desde 1982, se accede por aire, tierra o navegando por las aguas del Zambeze, que concentran en este punto una gran cantidad de fauna, especialmente cocodrilos, hipopótamos y hasta 350 especies de aves rapaces y acuáticas.

En el norte de Zimbabue, el río Zambeza crea uno de los mayores espectáculos naturales de África, las cataratas Victoria, Patrimonio de la Humanidad desde 1989. Su visita es el inicio de un viaje que remonta el río para realizar safaris en varios parques nacionales.

A tener en cuenta
Para entrar en el país es necesario el pasaporte en regla y un visado turístico que se puede obtener en el aeropuerto de llegada. La mejor época para visitar Zimbabue es de mayo a octubre, meses que coinciden con la estación seca, temperaturas más suaves y mejores accesos que durante la estación de lluvias. No existe ninguna vacuna obligatoria, aunque se recomienda la de la fiebre amarilla y seguir un tratamiento antipaludismo. La moneda local es el dólar de Zimbabwe: 1 euro equivale a 45. La diferencia horaria con la Península es de una hora más. El idioma oficial es el inglés, pero la lengua más hablada es el shona, que es la etnia mayoritaria del país (71%).

Llegar y desplazarse
No hay vuelos directos desde España al aeropuerto de Victoria, situado a 18 km de las cataratas. Lo habitual es volar con compañías internacionales, que viajan hasta Harare, capital de Zimbabue, u otro país de la zona, donde se conecta con vuelos directos a Victoria.
Ya en Zimbabue, la forma más eficaz de cubrir las distancias largas es con vuelos domésticos de compañías como Air Zimbabwe (www. airzimbabwe.com). Si se prefiere viajar por tierra, se alquilan todoterrenos en aeropuertos y hoteles; se recomienda contratar a un conductor y un guía. En Zimbabue se conduce por la izquierda.

Alojamiento
En los alrededores de las cataratas Victoria se concentra la mayor oferta hotelera del país. Desde hoteles de categoría media a casas particulares que alquilan habitaciones. El emblemático y lujoso Hotel Victoria Falls, con más de 100 años de antigüedad, merece una visita (www.victoriafallshotel.com). Los parques nacionales ofrecen el alojamiento más genuino, desde bungalós de inspiración africana, a lujosos campamentos. Consultar: www.zimbabwetourism.co.zw.

Cataratas Victoria
Son las cascadas más grandes del mundo, con 1.700 m de longitud y más de 100 m de caída. Su visita ofrece muchas posibilidades. La más habitual es contemplarlas desde el sendero con miradores que se sitúa justo enfrente; hay que pagar una entrada para acceder. Antes del salto de agua, en la zona alta del río Zambeze, se pueden realizar paseos en canoa y cruceros al atardecer. Los más osados pueden descender haciendo rafting por los rápidos que forma el río o atreverse con el puenting. Sea cual sea el espíritu del viajero, es aconsejable sobrevolar las cataratas en helicóptero –los vuelos duran 15 minutos– para captar el espectáculo natural en toda su dimensión. También es recomendable apuntarse a una excursión nocturna –mejor si hay luna llena– para contemplar el arco iris de luna. Más información: www.zambezi.com y www.kobo-safaris.com.

Parque Nacional Hwange
Unos 120 km al sur de las cataratas Victoria –que pueden cubrirse por carretera en unas dos horas y media o en avión en media hora–, se sitúa este parque, el mayor del país y el más atractivo por su riqueza en fauna africana. Cebras, jirafas, búfalos, antílopes, rinocerontes, leopardos y leones son algunos de los animales que pueden verse, aunque Hwange destaca por reunir la mayor concentración del continente en elefantes, unos 30.000. El parque tiene 480 km de caminos aptos para realizar safaris en todoterreno y miradores para contemplar a los animales cuando se acercan para beber en las charcas.

Parque Nacional Chizarira
Al norte de Hwange y bajo la cumbre omnipresente del monte Tandezi (1.500 m), punto de referencia de las caminatas por el parque, se extiende Chizarira, la reserva natural menos explotada del país –no suele incluirse en las rutas turísticas–, aunque ofrece las panorámicas más impresionantes. Está llena de fallas como la que forma el Zambeze, cañones fluviales y praderas con acacias. Posee tres áreas diferenciadas: el norte o Tierras Altas, donde la protagonista es la vegetación; el este, hábitat del rinoceronte negro –especie en peligro de extinción–; y el sur, donde es fácil ver elefantes, leones y leopardos.

Lago Kariba
A 200 km de Victoria, el río Zambeze se ensancha al llegar al lago Kariba, construido entre 1955 y 1959. En el embalse, de 300 km de longitud, viven cocodrilos, hipopótamos, rinocerontes y una rica vegetación submarina. Rodeado de montañas, de sus aguas emergen los singulares árboles secos del Bosque Petrificado y un centenar de islas. La principal población del lago también se llama Kariba y desde ella se realizan actividades como paseos en canoa y pesca.

Matusadona y Mana Pools
Al sudeste del lago Kariba se halla el parque de Matusadona, donde se proponen safaris guiados a pie, cruceros por el Bosque Petrificado, rutas ornitológicas para ver 240 tipos de aves y pesca del pez tigre.
Mana Pools es la reserva más al norte de Zimbabue, Patrimonio de la Humanidad desde 1984, en especial por la fauna de sus humedales. Es uno de los pocos parques donde se permiten los recorridos sin guía.

Gastronomía y artesanía
Además del sadza, un plato a base de maíz que siempre acompaña las comidas, los guisos con carnes de pollo, cabra, cocodrilo o jirafa son habituales. También destaca el pescado de agua dulce. La bebida nacional es el chibuku, una cerveza de palma. Además del mercado de artesanía de Victoria, hay puestos ambulantes junto a las carreteras que venden tallas de madera, de piedra y joyas de bronce.

Castillos del Loira


Siguiendo el curso del río Loira aparecen una sucesión de castillos que trasladan al viajero a uno de los períodos más brillantes de la historia de Francia: el Renacimiento.
Entre las ciudades de Nantes, Angers y Tours, en medio de la armonía de la campiña francesa, van surgiendo las construcciones palaciegas, cada una con una historia propia, a menudo ligada a episodios y personajes destacados de la antigua monarquía francesa. Unos fueron castillos particulares, de nobles o grandes hacendados, como los de Ussé o Villandry; otros, palacios reales, como el de Blois, maravilla arquitectónica que además posee una soberbia pinacoteca.

El Valle del Loira se extiende por el noroeste de Francia, repartido entre las regiones de Pays de la Loire y Centre. El Loira es el río francés más largo, con 1.012 km de longitud, 280 km de los cuales fueron declarados Patrimonio de la Humanidad, por su belleza paisajística y por le interés de sus palacios y castillos, la mayoría de los siglos XV y XVI.

Cómo llegar
Las principales ciudades de esta ruta por el Valle del Loira son Orléans (a 133 km de París), Blois (a 185 km), Amboise (a 227 km) y Tours (a 239 km), todas muy bien comunicadas por carreteras. Varias compañías aéreas vuelan a diario desde nuestro país hasta París. Desde los aeropuertos de Orly y Charles de Gaulle, se enlaza por tren y autobús hasta las estaciones parisinas de Montparnasse –de donde parten trenes hacia Tours– y la de Austerlitz –hacia Orléans y Blois–; www.sncf.com. A París también se puede llegar en tren. Desde Madrid, Renfe dispone del trenhotel Francisco de Goya (con parada en Blois), y del Joan Miró (con parada en Orléans) desde Barcelona. www.elipsos.com.

El Loira en bicicleta
La bicicleta es el medio más agradable de recorrer el valle del Loira, gracias a su suave relieve. Entre Tours y Angers existe un circuito de 120 km de pistas y carreteras tranquilas que pasan junto al río y llegan hasta los castillos. Las oficinas de turismo de la zona disponen del folleto El Loira en bicicleta, donde se reseñan los itinerarios y se informa de los alojamientos especializados en cicloturismo –Vélotel, Vélogîtes y Vélocamp–, que disponen de espacios para guardar, alquiler y reparar bicicletas. www.loire-a-velo.fr.

Turismo fluvial
El Loira y sus afluentes, el Cher y el Indre, hace décadas que dejaron de usarse como vías de transporte. Hoy, son un sosegado escenario para la práctica del turismo fluvial. En las ciudades situadas a orillas del Loira, se pueden alquilar penichettes, embarcaciones que navegan a poca velocidad. La travesía permite realizar tantas paradas como se deseen. Cuando se alquilan se imparte una clase gratuita que explica su manejo. www.bateaux-touristiques.com.

Visitar los castillos
El centenar de castillos que se puede visitar en el Valle del Loira son el reflejo del esplendor que vivió la región entre los siglos XV y XVIII. Muchos se recorren por libre y otros organizan visitas guiadas, en ocasiones junto a actores que narran sus leyendas y entresijos. El horario de visita es de 9 h a 17 h en invierno y hasta 19 h en verano. En julio y agosto, los castillos de Chambord, Blois, Chenonceau o Amboise realizan espectáculos nocturnos de luz y sonido en sus jardines; www.chateaux-france.com. Por otro lado, hay castillos acondicionados como alojamiento; en las oficinas de turismo tienen la guía Bienvenue au Château, con 128 castillos y mansiones; www.bienvenue-au-chateau.com. En las principales ciudades hay empresas que organizan rutas
a los castillos, con actividades como paseos en globo o kayak por el río; www.aerocom.fr.

Las principales visitas
Angers. El cultivo de flores y el comercio del vino tienen un papel destacado en la economía de esta ciudad. Su castillo conserva una muralla de 17 torreones medievales.
castillo de Saumur. De silueta típicamente medieval, fue construido en el siglo XIV como villa de recreo. Hoy alberga dos museos: de artes decorativas y de equitación.
Castillo de Ussé. Sus torres y bosques inspiraron el famoso cuento La bella durmiente, de Chales Perrault.
Villandry. Este castillo es famoso sobre todo por sus jardines, recuperados a principios del siglo XX. Los huertos de hortalizas siguen un diseño muy estilizado.
Chenonceau. Es uno de los castillos más vistosos del Valle del Loira. En él, Catalina de Médicis y Diana de Poitiers se disputaron la preferencia del rey EnriqueII.
Blois. La ciudad conserva su entramado de calles medievales, con vistas sobre el Loira. En el castillo, cuyo origen se remonta al siglo XIII, destaca la magnífica fachada renacentista.
Chaumont-sur-Loire. Es un castillo gótico, con torreones, foso y puente levadizo. Los establos son belle époque.
Chambord. Francisco I mandó construir este castillo espectacular, rodeado por
un bosque frondoso.
Orleans. La Casa de Juana de Arco y la catedral evocan la vida épica y trágica de la doncella (pucelle) de Orleans.

Ciudades del oeste
La ciudad de Angers tiene una fortaleza medieval con torres que ofrecen vistas de la ciudad. En el interior del castillo destaca una colección de tapices. En el casco antiguo, merece la pena detenerse en el Museo de Bellas Artes y en la catedral de Saint Maurice para admirar sus vidrieras. La ciudad es famosa por sus vinos y bodegas. La oficina de turismo vende el abono Angers City Pass, que facilita el acceso a lugares turísticos; www.angers-tourisme.com. Unos 80 km al este de Angers, se encuentra Saumur. Preside la localidad un castillo del siglo XV, al que se llega a pie a través del casco antiguo; alberga el Museo de Artes Decorativas y el del Caballo. Desde el torreón de Guet se obtienen amplias vistas.

Tours y Amboise, en el corazón del Loira
Tours es un núcleo de transportes en la región. La ciudad ha crecido, pero su casco antiguo es fácil de visitar por su trazado racional. Sobresalen la catedral de Saint Gatien, el Museo de Bellas Artes y el de las Cofradías, ambos en el claustro de la abadía de Saint Julien; www.ligeris.com. Poco kilómetros al este de Tours, se halla Amboise, con sus tejados de pizarra, mercadillos y un castillo al que se accede por la misma rampa que utilizaban antiguamente los caballos; en el castillo hay que recorrer los jardines y visitar la capilla de Saint Hubert. En la ciudad baja, destaca la casarenacentista y museo de Clos Lucé, donde vivió Leonardo da Vinci. www.amboise -valdeloire.com.

Blois y Orléans, lo mejor del este
Blois conserva mansiones con fachadas blancas, tejados de pizarra y chimeneas rojas. En la visita hay que incluir la iglesia de Saint Nicolas, del siglo XIII, la catedral de Saint Louis y, en las afueras, el castillo. De la visita a la fortaleza, sobresale la sala gótica del Consejo y el Museo de Bellas Artes; www.ville-blois.fr. Orléans es el final de la ruta por el este. La oficina de turismo se halla frente a la estación de tren. La joya de Orléans es la catedral de la Sainte Croix, donde destacan las vidrieras y la capilla dedicada a Juana de Arco. Sobre este personaje hay dedicado un museo en la plaza del General De Gaulle; www.ville-orleans.fr.

CASTILLOS DE BAVIERA

Fastuosos palacios encaramados en los riscos, amplios y armoniosos valles cuajados de pueblecitos y abruptas montañas jalonan esta fascinante región saturada de encanto, opulencia y romanticismo.

Por Carlos Pascual
Si alguien narrara honradamente el paisaje de la Alta Baviera, esa franja risueña que se extiende desde el sur de Munich hasta los Alpes, daría la impresión de estar contando un cuento. «Érase una vez un país cuyas montañas trepan a las nubes...» La nieve de las cimas forma arroyos y cascadas por las gargantas, y al llegar a la llanura se transforma en miles de lagos de todos los tamaños y colores. Los pueblos parecen de juguete, con tapias cubiertas de pinturas y balcones rebosantes de flores; pero son casas confortables donde viven gentes que parecen muy felices. Como en los cuentos.
Los bávaros son campesinos en su mayoría, y los que no, viven como tales. Les gusta ponerse el traje tradicional a la menor ocasión; sobre todo en las fiestas, casi siempre religiosas. No dicen hola o buenos días, sino Grüss’ Gott, el piadoso saludo que comparten con los austriacos. Los llaman los «latinos» de Alemania, y es cierto que el colorido, las iglesias forradas de riquezas, las procesiones por los prados, recuerdan el cálido ambiente de un sur cuya frontera la trazó la Contrarreforma más que la geografía.
Sin perder la sustancia conservadora, los habitantes de la Alta Baviera han cambiado por imperativos del desarrollo. Aún se ven vacas, pero esto parece más un polideportivo al aire libre que otra cosa. Los caballos se usan sobre todo para hacer excursiones o tirar de viejas calesas. Es difícil dar veinte zancadas sin cruzarte con una reata de ciclistas o una pareja de senderistas; no son pandas de colegio, no, sino sexagenarios en calzón corto. La chavalería se dedica a cosas más audaces, como lanzarse a tumba abierta por un torrente criminal, o volar con alas de tela.
País de cuento de hadas, ya se ha dicho. Por el paisaje, los pueblos de juguete y los campesinos trajeados a la antigua, pero también por sus castillos de leyenda. Sobre todo los que construyó el llamado «rey loco» a finales del siglo xix. Luis II de Baviera soñaba con hacer de éste un lugar donde el arte y la música transfigurasen la vulgaridad de lo cotidiano. Por eso escapaba a la pureza de sus queridas montañas, donde levantó fantasías de piedra.

Una réplica de Versalles
El lago Chiemsee tiene dos islas, una grande y otra pequeña, llamadas respectivamente Herreninsel –isla de los señores– y Fraueninsel –de las damas–. La grande se la reservó el rey para sí. Allí hizo levantar una réplica del palacio de Versalles, con sus fuentes, parterres y jardines. El salón de los Espejos tiene medidas algo mayores que el de Versalles; pero ciertas estancias, como el dormitorio de gala, superan de largo el modelo francés. Las costosas obras nunca se acabaron. En realidad, en la isla existía ya un castillo, el Altes Schloss, que se mantiene pegado a la copia versallesca.
A la Herreninsel sólo se puede ir en un pequeño transbordador. La Fraueninseln, en cambio, está habitada: hay viviendas de pescadores, casas de huéspedes, algunos hoteles. Y un monasterio benedictino que se remonta al siglo viii. Las monjas, además de rezar, elaboran un licor muy solicitado, dulces de mazapán y otras fruslerías. La Fraueninseln se puede recorrer a pie en un cuarto de hora, pero nadie viene aquí con el cronómetro en la mano.
Del Chiemsee hacia poniente, según vamos al encuentro de los montes Ammergebirge, atravesamos Bad Tölz, la «capital» de la alta Baviera. Como indica su nombre –bad significa baño–, es localidad balnearia donde se hace de todo con el agua: beberla, inhalarla, nadar, tomar saunas... Los espíritus de secano pueden optar por el Markt o plaza Mayor, con edificios burgueses, o por el monasterio barroco de Benediktbeuren, kilómetros más adelante.
El horizonte de montañas crece como un suflé, se aproxima, y al llegar a Garmisch-Partenkirchen queda al alcance de la mano. Garmisch, no muy grande, pero con una agitación desproporcionada, es una meca para los amantes de la nieve. Aquí se celebraron los Juegos Olímpicos de invierno de 1936, en un estadio hitleriano con estatuas de un realismo tallado a hachazos. Todavía se utiliza.
A un paso del centro urbano están las gargantas de Partnach, el escurridero por el que desagua un glaciar de la Zugspitze. En 1905 se abrió este angosto desfiladero al turismo, para lo cual hubo que cavar túneles en la roca. El agua ruge con fiereza y produce un polvillo que cala los huesos, por más que a la entrada alquilen un plástico protector.
A la Zugspitze –la montaña más alta de Alemania– se puede subir en tren cremallera o en teleférico. Arriba se practica un esquí sin fronteras: puede que, tras una voltereta, acabes despatarrado en el Tirol. A Luis II le fascinaba tanto esta montaña, que se hizo construir un pabellón de caza no lejos de aquí, cerca de Elmau. Algunos lo llaman «el palacio persa» por su gusto orientalista. Lo cierto es que el servicio vestía a la turca, y siempre tenía dispuestas pipas de agua; el rey no lo usó mucho, la verdad. Oberammergau, más adelante, es un pueblo precioso, con sus fachadas pintadas de perifollos barrocos.
Muy cerca, en un enorme parque, se esconde el castillo de Linderhof, una joya de estilo rococó arropada por estanques, fuentes y jardines escalonados, el único que Luis II terminó por completo. En un flanco del jardín construyó una gruta artificial que «reproduce» la Gruta Azul de Capri; en realidad, es un decorado real para el Parsifal wagneriano. Un pequeño escenario se abre a un lago sobre el que flota una góndola dorada en forma de cisne.

El refugio de Luis II
Al final de su vida, Luis II olvidaba los enredos cortesanos, se recluía aquí largas temporadas y hacía que una orquesta interpretara hasta el agotamiento la música de Wagner, que él escuchaba embelesado sobre la góndola. Visconti, en su película Ludwig, se permitió ir muy lejos al retratar el mórbido ambiente que envolvía al soberano, cuando organizaba en esta cueva francachelas con lacayos y muchachos campesinos.
También entre florestas, muy cerca, está Kloster Ettal, monasterio benedictino célebre por su cúpula en forma de panza de abad, por el canto gregoriano de los monjes y por un convincente licor conventual. Más adelante, sugiero un desvío a una iglesia en medio de los prados que llaman precisamente Wieskirche –iglesia del prado–, un delirio rococó de dorados y ángeles mofletudos. El abad Marianus, que puso la primera piedra, grabó en uno de los vitrales: «Aquí se encuentra la felicidad, aquí el corazón halla la paz». Difícil sería llevarle la contraria.
Hemos penetrado en Ostallgäu, una comarca repleta de joyas recónditas y anónimas. Quien no esté interesado por los arcanos artísticos, puede disfrutar con el Forgensee y el racimo de lagos menores que lo escoltan. O subir al Tegelberg, acosado por más senderistas que hormigas. Füssen, una cercana población vigilada por su castillo episcopal, tiene bastante animación, tiendas y tabernas simpáticas. Pero el verdadero imán irresistible está en Schwangau, el pueblo de los castillos reales.
En Schwangau de Arriba –así habría que traducir Hohenschwangau–, sobre una colina asomada al azogue líquido del Schwansee, se alza el perfil cremoso de un castillo que hizo construir el padre de Luis II. Éste pasó gratos momentos en aquel «paraíso en la tierra que ha forjado mis ideales y me ha hecho feliz», como escribió a su admirado Richard Wagner. La amistad con el músico estaba predestinada: el interior del castillo está decorado con frescos que reproducen, cual cromos infantiles, la saga germánica de Lohengrin.
Cuatro años después de acceder al trono, Luis levantó, casi a tiro de ballesta de la residencia familiar, la más querida de sus fantasías, Neuschwanstein, el castillo de Lohengrin hecho realidad. Su mágico perfil, con las torres y los chapiteles empinados sobre un peñasco, rodeado de bosques, lagos y montañas de postal, fue copiado por Walt Disney para La bella durmiente. La idea de estar pisando un decorado de película sólo se desvanece cuando compruebas la detallista solidez con que están labrados los capiteles de piedra, engastados los mosaicos, extendidos los frescos que, esta vez, narran la saga del Lohengrin wagneriano como un espejo reflejando otro espejo.
El castillo encarna como ningún otro el ucrónico medievalismo del monarca, esa pompa de sueños en la que pretendió zafarse de la realidad. No siempre fue así. Al principio se tomó muy a pecho su papel: mandó edificar colegios e institutos, fundó escuelas superiores y academias. Pero vino el desencuentro con la camarilla palaciega. Luis llegó a odiar la corte de Munich, desatendía los asuntos de estado y escapaba a sus palacios, cuyos gastos alarmaban a los ministros. Éstos consiguieron un dictamen médico que certificaba la locura del rey. Los doctores ni siquiera lo examinaron; era evidente que sobre los supuestos trastornos mentales o las rarezas sentimentales planeaba un gran malestar por la negativa de Luis a integrarse en la Gran Alemania de Bismarck.
En la madrugada del 10 de junio de 1886, nobles, ministros, médicos y enfermeras llegaron al castillo de Neuschwanstein. No prendieron al rey, pero lo hicieron una noche después. Fue llevado al amanecer al castillo de Berg, junto al lago Starnberg. Al día siguiente se permitió que saliera a dar un paseo acompañado de su médico. No regresaron: sus cuerpos aparecieron flotando entre la maleza, en el lugar donde ahora se levanta una cruz de hierro.
Un cuento con final poco feliz, pero sólo en lo que atañe al rey protagonista. Lo cierto es que sus castillos están ahí, y el pueblo ama la memoria del monarca soñador. Contables y burócratas hubieran debido anotar en sus cuadernos el caudal de visitantes que anega estos castillos de locura, su contribución para hacer de la Alta Baviera un país hermoso y concurrido, lleno de animación y de vida. La vida, a veces, puede ser más hermosa que los cuentos.

Capadocia

Son paisajes lunares, tal vez chimeneas sacadas de los cuentos de hadas… nada terrenal puede compararse ante estos castillos horadados en las rocas. Esta maravilla –producto de la fuerza de la naturaleza y el hombre- puede visitarse en el corazón de Turquía: recibe el nombre de Capadocia.
Llegando a través de Estambul o Ankara, Kayseri es su puerta de entrada. Desde allí se accede a Nevsehir, que además de ser capital de provincia resulta una muy buena base desde la cual realizar excursiones cercanas. La mayoría consiste en las conocidas “fortalezas trogloditas”, famosos termiteros labrados como viviendas aisladas o pueblos principalmente habitados y labrados por ascetas cristianos durante los siglos IV, aunque con más asiduidad durante los siglos VIII y XIV. Uçhisar, Ortahisar y Sonhisar son testimonios de estas comunidades. Destaca Göreme, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1985. En esta población se conservan óptimamente los frescos de las iglesias; las más visitadas son la Combada y la Oscura. La mejor manera de visitar la zona es contratando un guía o una excursión organizada en Nevsehir, ya que las capillas de la región están dispersas en unos 300 kilómetros cuadrados.
Sin embargo no todo lo que se edificaba era aquello visible: las construcciones bajo tierra servían a los píos de la joven Iglesia a partir del s.VII como refugio para protegerse de las “razzias” -invasiones de las tribus árabes-. Estas ciudades subterráneas llegaron a ser cerca de unas cuarenta. A treinta kilómetros al sur de Nevsehir, Derinkuyu es uno de sus máximos exponentes: cien metros bajo tierra, 1.200 habitáculos y un total de trece niveles. Varios pasillos comunicaban este lugar con Kaimalaki, otra ciudad de características parecidas. Parece imposible imaginar hasta 6.000 personas en su interior, pero así era. Todo estaba planificado: muchas de las infraestructuras pensadas en el exterior se incluían dentro de estas titánicas construcciones (almacenes, talleres, prensadores de uva, etc.).
Otra faceta de Capadocia es aquella fértil y verde: sus valles. Cerca de 30, como Zelve, Parabaglari o Soganli. En ellos no faltan las construcciones excavadas en la piedra y las curiosas "chimeneas de hadas", que podrán admirarse con estupefacción en el valle que recibe el mismo nombre. Luego uno puede reposar y tomar un té en el cafetín que se alberga en la parte inferior de muchas de ellas para así recordar que, efectivamente, no se está soñando.

En el centro de Turquía se halla la región de Capadocia, a 258 km de Ankara, la capital del país, y a 677 km de Estambul. El paisaje de Capadocia es una maravilla geológica, que surgió hace 30 millones de años tras la erupción del volcán Erciyes. El resultado es un territorio áspero, cubierto de pináculos de lava y cerros con oquedades, que el hombre ha ido ocupando a lo largo de los siglos.

A tener en cuenta
Para viajar a Turquía se precisa el pasaporte y un visado turístico que se gestiona en la Embajada turca en Madrid (c/Rafael Calvo, nº 18; Tel. 913 198 064) o en el aeropuerto de llegada al país. La mejor época para visitar Capadocia es la primavera, cuando la temperatura es más suave y la afluencia de visitantes menor. En verano, los meses de julio y agosto son los más calurosos, por lo que conviene tomar precauciones durante las visitas como beber abundante agua y usar protección solar. El huso horario en Turquía es de una hora más que en España. La moneda es la nueva lira turca, aunque el dólar y el euro se aceptan en zonas turísticas. El euro equivale a 1,8 lira turca.

Cómo llegar
Desde Madrid y Barcelona salen vuelos regulares a Turquía. Se puede llegar a Estambul, donde lo más recomendable es seguir el viaje en un vuelo interno hasta Kayseri, el principal aeropuerto de Capadocia. Desde España también se vuela a Ankara, donde se puede continuar a Kayseri en avión o por carretera, alquilando un coche o en autobús de línea. Hay un tren que enlaza Ankara con Kayseri. Información sobre transportes: www.varan.com.tr.

Moverse por la región
El aeropuerto de Kayseri dispone de un servicio de autobús que lo une con el centro de esta ciudad, situada a 90 km. Kayseri es una base excelente para explorar Capadocia y cuenta, además con muchas agencias que organizan excursiones a pie, en todoterreno, e incluso a caballo, en camello o en globo; las salidas incluyen los traslados y entradas a las visitas. Los que prefieran viajar por su cuenta pueden desplazarse por Capadocia con líneas de autobús o en dolmus (minibuses), que unen los destinos más turísticos.

Dónde dormir
En verano es obligado reservar el alojamiento con antelación, mientras en otoño y en invierno hay que tener en cuenta que cierran muchos hoteles. Las ciudades de Kayseri, Nevsehir y Ürgüp agrupan la mayor oferta. En los valles también se puede dormir en cámpings, pensiones y algunos hoteles modestos, pero singulares, instalados en cuevas. La web www.hotelcappadocia.com tiene más información.

Principales visitas:
Nevsehir. La capital provincial es una buena base para conocer Capadocia pues
su oferta hotelera es diversa. Varios autobuses enlazan la ciudad con los enclaves más importantes de la región. Merece la pena visitar su museo arqueológico, así
como el palacio y la mezquita de la época selyúcida.
Göreme. Preside un valle donde se reúnen las iglesias rupestres más singulares de la región. La mayoría fueron labradas en las rocas entre los siglos IX y XIII y están decoradas con frescos. Para entrar en el valle se paga una entrada. La visita a las iglesias se realiza a pie con comodidad.
Üçhisar. Situada una decena de kilómetros al este de Nevsehir. Desde lejos se distingue su cerro perforado por ventanas y pasadizos.
Úrgüp. En los valles que rodean esta ciudad al este de Nevsehir, se pueden ver las formaciones de piedra más llamativas, famosas por tener forma de chimenea. La población tiene un museo sobre su pasado. La excursión de un día al valle de Soganli,
al sur de Ürgüp, permite ver iglesias en muy buen estado.
Zelve. A 10 km de Nevsehir, el pueblo preside otro valle de monasterios rupestres, éstos construidos a distintos niveles y con escaleras en las rocas. Se cobra entrada para la visita. A unos cinco kilómetros en dirección a Ürgüp se hallael valle de las Chimeneas de las Hadas, que reúne conos volcánicos coronados por una piedra lisa y más oscura.
Derinkuyu. Al sur de Göreme, es la ciudad subterránea mejor preparada para acoger visitas. Uno de los túneles lleva a la ciudad de Kaimakli. Su nombre significa pozo profundo, muy descriptivo pues la ciudad está compuesta por ocho niveles o plantas.
Kayseri. A 296 km de Ankara y 786 km de Estambul, vivió una época de esplendor con el imperio Selyúcida (s. XI-XIII). De entonces datan sus principales monumentos. Una opción muy atractiva para llegar a la ciudad es a bordo del tren que parte de la capital turca, Ankara.

La visita de Kayseri
La que fuera capital del imperio selyúcida entre los siglos XI y XIII es hoy la puerta de entrada a Capadocia. La ciudad conserva vestigios de aquella época de esplendor como la Ciudadela, alrededor de la cual hay bazares con puestos alfombras. También destaca el palacio Hunat Atún, donde se puede pasear por una mezquita, un mausoleo, una madraza (escuela coránica) y un hammam; los dos recintos abren a diario de 8.30 h a 17 h y para entrar hay que pagar entrada.
Un valor añadido a Kayseri es su cercanía al volcán Erciyes, situado 26 km al suroeste. En los últimos años, se ha convertido en un escenario natural donde disfrutar de rutas de senderismo de mayo a octubre y de esquí el resto del año; www.kayseri.gov.tr

La visita de Nevsehir
Se halla a 79 km de Kayseri y es el corazón de Capadocia. Ambas están conectadas por buenas carreteras y servicio de autobús. En la ciudad vale la pena visitar el palacio Real, la mezquita y el Museo de Arqueología. Nevsehir posee infraestructura turística que facilita realizar excursiones por las aldeas cercanas. Algunas de éstas destacan por ocupar cuevas perforadas en los cerros, que los antiguos pobladores usaban como habitáculos. Para conocer cómo eran estas aldeas vale la pena visitar poblados como losdeUchisar, Ortahisar y Sonhisar; www.nevsehir.gov.tr.

Visitar las iglesias de Göreme
Desde Nevsehir se puede viajar en autobús hasta Göreme, a 12 km. Junto a la población se halla el conjunto de iglesias rupestres más famosas de Capadocia. Se reúnen en el Museo al Aire Libre de Göreme, un valle que se visita por senderos marcados; el museo abre de 8.30 h hasta las 17 h y en la taquilla de acceso, además de vender la entrada, informan de las posibles rutas que pueden seguirse. La mayoría de templos de Göreme fueron excavados entre los siglos IX y XIII y muchos conservan frescos bizantinos que por si solos justificarían el viaje; sobresalen los que se conservan en las iglesias Oscura y Combada –para visitarlas hay que pagar un suplemento–. El valle de Göreme es Patrimonio de la Humanidad desde 1985; www.unesco.org

La visita de Derinkuyu
En el valle que rodea esta ciudad del sur de Capadocia, situada a 30 km de Göreme (y conectada por autobús), se halla el principal ejemplo de ciudad subterránea de Capadocia. Cuenta con más de mil habitáculos excavados con varios niveles a cien metros bajo tierra. El valle se puede recorrer a diario desde las 8.30 h hasta las 17 h; hay que pagar entrada. En 1964 se descubrió un túnel que unía esta ciudad con la vecina de Kaimakly; tiene ocho niveles de los que se pueden visitar cinco; www.cappadociaonline.com

Visitar el valle de Ürgüp
A 44 km de Göreme está Ürgüp, también conectada por buenas carreteras y líneas de autocares. La población tiene un centro muy animado, con muchas tiendas y bazares. No se debe abandonar Ürgüp sin catar sus afamados vinos blancos, en alguna de sus vinaterías, donde acostumbran a ofrecer visitas por sus bodegas. Las agencias de viaje de Ürgüp organizan excursiones para ver las famosas formaciones de piedras con formas de chimenea y también iglesias excavadas en la roca; destacan las del valle de Soganli,a 40 km, donde hay 150 iglesias. Se recomienda llevar linterna para visitar los interiores.

Visitar los monasterios de Zelve
Otra excursión recomendable desde Nevsehir es al pueblo de Zelve, donde se pueden ver sus famosos monasterios rupestres, excavados en la roca y con varios pisos, a los que se accede por escaleras labradas en los cerros. Está situado a 10 km y también unido por líneas de autobús. El recinto al aire libre en el que se emplazan abre a diario desde las 8.30 h a las 17 h; para visitarlo hay que pagar una entrada.
Otra excursión emblemática desde Zelme, a sólo 5 km de la población, es al conocido como Valle de las Chimeneas de las Hadas, donde se pueden ver los pináculos volcánicos más fotografiados de Capadocia.

CANADÁ

Con 250.000 kilómetros cuadrados de parques nacionales, el territorio canadiense fascina a los buscadores de naturaleza en estado puro. Visitamos las Montañas Rocosas, protectoras de algunos de esos tesoros.

Por Daniel Wagman
El ferry se acerca a la ciudad de Victoria en el extremo sur de la isla de Vancouver. El viaje de una hora y media ha sido bastante desapacible, vientos fríos, cielo gris, mar aún más gris, y eso que estamos en julio. Quizá Victoria no sea el mejor lugar para conocer por primera vez Canadá, pues su imagen es muy distinta a la del resto del país. Esta urbe tiene el aspecto de una tranquila y conservadora ciudad inglesa, lo que no deja de ser un contrasentido si se tiene en cuenta que es el lugar más lejano de la antigua madre patria.
A pesar de que Canadá no consiguió su independencia del Reino Unido hasta 1931 y que sus profundas raíces anglosajonas son innegables, es un país sorprendentemente heterogéneo. Es posible que la coexistencia desde sus orígenes, con más o menos tensiones, de una población anglófona y otra francófona haya fomentado la creación de una sociedad abierta y multicultural, influida también por las sucesivas oleadas de inmigrantes que han mantenido a niveles sorprendentes su lengua materna, sus costumbres y su cultura, haciéndolas compatibles con un sentir profundamente canadiense.
Después de recalar en Victoria, mi primera parada en la isla de Vancouver es en la reserva nacional de Pacific Rim. Llego allí por la West Coast Trail, una ruta que bordea la costa oeste a lo largo de setenta y cinco kilómetros y que fue construida como acceso para socorrer a los supervivientes de los frecuentes naufragios del pasado. El trazado por la accidentada costa es tan sinuoso y difícil que me pregunto si en alguna ocasión habrán conseguido salvar a alguien. Después de tres días de marcha me acerco a Long Beach, al norte de la reserva. Se trata de una extensa playa de once kilómetros de largo, con densos bosques que llegan hasta la arena y centenares de árboles enormes caídos sobre ella. En comparación con mi primera visita –a principios de los setenta, cuando era uno de los lugares míticos del mundo hippie–, Long Beach aparece ahora muy tranquila.
Al norte del parque sale un ferry en dirección a la pequeña isla de Flores. Aquí hago transbordo a otro barco preparado para la observación de las ballenas, uno de los principales alicientes de esta costa, y mis expectativas no resultan defraudadas. En esta isla siguen viviendo los ahousat, unos de los primeros habitantes de Canadá, históricamente reprimidos y excluidos de la sociedad canadiense. Actualmente están iniciando un importante proceso de reafirmación política y cultural, y muchos de ellos ofrecen servicios de turismo rural, cursos sobre su cultura, sus creencias espirituales y su artesanía. Entre sus manifestaciones artísticas más originales destacan los grandes tótems tallados en madera. Pero me abstengo por el momento de adquirir uno, ya que además de sus prohibitivos precios no me resultaría muy sencillo llevarlo en mi equipaje.
La isla de Vancouver daría para muchos más días de exploración, pero no es el objetivo de mi viaje, así que cojo de nuevo un barco, esta vez hacia la ciudad de Vancouver, ya en el continente. Rodeada de montañas y ríos, ésta es una ciudad dinámica, sofisticada y cosmopolita y, a la par, abierta, amable y tranquila; nada lleva a pensar que acoge a dos millones de habitantes. Por otra parte, es también el puerto más grande de la costa del Pacífico norteamericano y sus importantes lazos comerciales con Asia son evidentes. Como también lo es la influencia de su vecino del sur. La cercanía con Estados Unidos ha marcado profundamente la historia y la cultura de Canadá, para bien y para mal, y a pesar de que las similitudes entre ambos países son muy importantes, quizá son las diferencias, por sutiles que sean, las que tienen mayor trascendencia.

Por la carretera Transcanadiense
Vancouver está bordeada al sur por el río Fraser. Los próximos cuatrocientos kilómetros de mi viaje los realizaré por la carretera Transcanadiense, recorriendo el cañón de este bravo río y suafluente, el Thompson. La historia del río Fraser está vinculada, como la de muchos de los lugares del oeste de Canadá, con la búsqueda del oro. El trazado de una carretera a lo largo del cañón en 1858 fue una gran hazaña de la ingeniería de la época. Más tarde, el desfiladero fue testigo de otra proeza parecida con la construcción del ferrocarril Transcanadiense.
El arranque del valle del Fraser es ancho y da lugar a una zona rica en cultivos agrícolas, pero a medida que nos alejamos de Vancouver las montañas se cierran sobre el río formando el espectacular cañón del Infierno, cuyas paredes alcanzan los doscientos metros de altura. La velocidad y el ruido del agua producen vértigo. Es en este lugar donde los salmones, que suben río arriba para depositar sus huevos, lo tienen más difícil. El Fraser es uno de los lugares de mayor afluencia de este pez en el mundo: se ha contabilizado el paso de más de trescientos cincuenta mil ejemplares por el estrecho en un solo día.
El siguiente tramo de mi recorrido cruza las cordilleras de Monashee y Selkirk, que, aunque no son tan conocidas como las vecinas Montañas Rocosas de Canadá, ofrecen enormes atractivos, con sus numerosos glaciares, prados, lagos prístinos e impresionantes picos. Entre ambas cordilleras se encuentra el pueblo de Revelstoke. Desde aquí se puede ascender por una pista apta para coches hasta la cima de la montaña Revelstoke, en el parque nacional del mismo nombre, donde se disfruta de una vista increíble.
El parque nacional de Glaciar se encuentra en el corazón de las montañas Selkirks. Me apunto que debo regresar en invierno para ver cómo se aculmulan hasta diez metros de nieve en los puertos y cómo mantienen abiertas las carreteras con complejos sistemas de ingeniería.
Y por fin, tras el aperitivo, me dispongo a conocer el plato fuerte de este viaje, las Rocosas de Canadá. Sus cuatro parques nacionales, el Jasper, el Banff, el Kootenay y el Yoho, forman una de las extensiones protegidas más impresionantes y más grandes del planeta.
Me detengo en primer lugar en Lake Louise, el pueblo más visitado de las Rocosas, en pleno centro del parque de Banff. En 1882 la compañía de ferrocarriles construyó aquí el primer hotel y desde entonces ha sido un destino turístico de primer orden. El lago Louise, por su parte, es seguramente el lugar más fotografiado del país, y lo cierto es que su belleza deja atónito al que lo ve por primera vez.
Obviamente, el gran atractivo de las Rocosas es su naturaleza, por lo que me propongo hacer varias caminatas por la región. Pero hay otro aliciente en esta zona que resulta algo chocante con el entorno, y es la existencia de algunos hoteles antiguos de un lujo increíble, tanto que a veces es difícil decidir si son de muy mal gusto o de una sublime elegancia. El Banff Springs Hotel es el más famoso y, aunque dormir en él es prohibitivo para la mayoría de los mortales, me tomo un café mientras exploro sus impresionantes dominios. Los diversos balnearios y establecimientos de aguas termales son otro atractivo de los parques de las Rocosas, aunque reservo mi visita para después de algunos días de caminatas.
Desde el lago Louise sale hacia el norte la carretera Icefields, literalmente «campos de hielo», hasta el pueblo de Jasper, en el parque nacional del mismo nombre. Los doscientos treinta kilómetros que separan los dos puntos forman parte de uno de los paisajes más bellos que he conocido. La carretera sigue la línea de las cumbres en una ruta plagada de glaciares, valles alpinos, lagos, picos, cascadas, bosques y fauna de lo más diversa. Un alto en medio del recorrido permite contemplar el inmenso glaciar Columbia.
Para conocer el glaciar Athabasca se pueden concertar viajes en todoterrenos diseñados para este fin, pero yo prefiero optar por una caminata con guía y evitar así el riesgo de caer por alguna de las profundas grietas que atraviesan el hielo. Un teleférico sube desde Jasper hasta la montaña Whistler, desde donde se avistan los campos de hielo y el pico Robson, el más alto de las Rocosas de Canadá.
También hay alternativas en el lago Maligne, otro de los atractivos del parque de Jasper: se puede surcar en barco o a pie. Con la segunda opción hay que estar muy atento. Aquí, como en gran parte de las montañas de la Columbia Británica, es importante tener cuidado con los osos, por lo que en las zonas de mucha vegetación se recomienda ir cantado para no sorprenderles y, sobre todo, para que no nos sorprendan. No hay encuentros, lo cual produce una sensación de alivio pero también de pena. Y ahora sí, después de tanta inquietud, una visita a las cercanas aguas termales de Miente, las más calientes de la región, sienta de maravilla.
De vuelta al parque de Banff, empiezo mi última etapa del viaje. El rápido descenso hacia Calgary, ya en la provincia de Alberta, me sitúa en el límite entre las rocosas y la gran llanura, una inmensa pradera que se extiende casi dos mil kilómetros hacia el este. Calgary es una ciudad en la que se mezclan sin fisuras las tradiciones de los ganaderos y la más reciente influencia de la industria del petróleo que, en los últimos cincuenta años, la ha convertido en una dinámica ciudad y un importante centro financiero. Pero estos cambios no parecen haber afectado en nada la afamada hospitalidad de sus habitantes.

Tras los pasos de los dinosaurios
He planificado mi viaje para coincidir con una peculiar manifestación deportivo-festivo-cultural: el Calgary Stampede, la Estampida, diez días de fiesta, música, baile, exhibiciones agrarias y sana juerga. Para el espectador ajeno puede resultar bastante ridículo ver a todos los participantes vestidos de vaquero, trátese de un contable de Toronto o de la dependienta de unos grandes almacenes. Éste es, por supuesto, uno de los rodeos más importantes del circuito profesional, e incluye todas las especialidades: desde montar toros bravos y caballos salvajes, hasta saltar del caballo encima deun toro para tumbarle. No parece que ni los más acérrimos defensores de los animales puedan ponerles pegas, ya que los humanos suelen llevarse la peor parte de la contienda.
Antes de finalizar mi viaje hago un pequeño desvío hacia las Badlands –«tierras malas»– situadas a una hora al este de Calgary. Me siento atraído por una fascinación infantil por los dinosaurios. Las Tierras Malas tienen un doble interés: la erosión ha producido unos cañones profundos horadados en las extensas praderas de la región, lo que lo ha convertido en uno de los pocos lugares del mundo donde este proceso natural ha dejado expuestos fósiles, e incluso esqueletos enteros, de diversas especies de dinosaurios. Pese a los excesos de la comercialización turística, impresiona tanto el paisaje como el soberbio museo de Royal Tyrrell, la mayor exposición del mundo de la historia de estas criaturas.
He terminado mi ruta y, la verdad, me ha sabido a poco. Por eso ya planeo para el futuro realizar varios viajes por esta parte de la Tierra. Me gustaría atravesarla en tren, recorrerla en pleno invierno, subir hacia el norte de las Rocosas para entrar en el Yukon, bajar desde allí en barco por toda la costa, pasar unos días en un pueblo de los llamados indios «primera nación» aprendiendo de su historia y cultura...Sí, voy a ir pensando en otras posibilidades para engrosar esta inacabable lista de objetivos.

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